irreversible


El silencio denso invadió el espacio. El espacio ocupó el tiempo. El tiempo habló, con su paso, del significado de aquel silencio eterno. La eternidad parecía presente en aquellos momentos. Momentos callados. Callados hablábamos, discutiendo en un lenguaje sin palabras. Palabras que fueron dichas con hechos. Los hechos que no se lleva el viento. Un viento huracanado que nos dejó sin techo. El techo bajo el cual estuvimos juntos.
Juntos en el espacio y, de nuevo, en el tiempo. Tiempo que habló por los dos. Los dos que no supimos vivir separados. Una separación que no entendió nadie. Y es que nadie supo lo que pasó. Pasó y se fue muy lejos. Tan lejos que al volver nadie lo recordó.Recuerdos que quedaron gravados en mi alma y que ni el espacio ni el tiempo dejaron que los olvidase. Un olvido teórico. Una teoría falsa. La falsedad del cuerpo que engaña al alma. Un alma que abraza la esperanza de un nuevo sol. Un sol que conocimos antes de la tormenta. Una tormenta que dejó al alma destrozada.

Destrozos irreversibles. Reversos insostenibles. Sosteniendo lo inaguantable. Aguantando lo incomprensible. Comprendiendo lo imperdonable. Perdonando lo inaceptable.


Aceptando, una vez más, los hechos. Hechos que son. Hechos que están.Hechos que pasan y que ni el viento ni la tormenta se llevarán jamás.Y es que, jamás olvidaré aquella sonrisa.Sonrisa conocida de una forma diferente. Diferentes son nuestras miradas cuando se cruzan. Un cruce que dura eternamente. La eternidad del silencio presente. Un presente que enseguida desaparece.Aparecemos de nuevo. Una nueva vida es la que ahora estoy viviendo. Vivimos con intensidad los momentos. Momentos llenos de silencio. Silencio denso que no se lleva el viento. Viento huracanado que se aleja de nuevo.Un nuevo intento. Intentos que acarician la esperanza.Esperanza que reposa tranquila en otra mirada. Una mirada nueva y diferente. Difiere de lo que un día imaginamos. Imaginar sonrisas nuevas que llenan de alegría un nuevo día.
Un día donde brilla el sol de nuevo.

terriblemente elegante



Me repitió una y mil veces que no pasaba nada. NADA. Y ese nada, lleno de contenido y vacío de explicación, me llevó a verlo TODO desde una perspectiva opuesta. Como pasar de estar tirado en la hierba viendo las estrellas, a volar y descubrir la pequeñez de la tierra.

Sencillamente pequeño. Un cambio absurdo. Y a su vez, terriblemente elegante.


Podría llenar hojas enteras explicando los detalles de los acontecimientos más recientes. Parándome en lo pequeño sin dar importancia al por qué de los hechos. Detalles que explican todo sin dejar dudas en el aire. Detalles pequeños y, la mayoría, secretos.


Hay hechos, en apariencia irrelevantes, que cambian el curso de los acontecimientos. Y de pronto nos encontramos como los protagonistas de “La Carretera”, luchando por la supervivencia en el mismo mundo y, a la vez, en otro universo totalmente opuesto.


Momentos que marcan una existencia relativamente temprana. Podría explicártelo con mil palabras complejas. Y al final encuentro las más sencillas. Simplemente afirmar que aunque la vida nos lleve por lugares opuestos, aunque yo prefiera siempre la costa y tú la capital, jamás olvidaré esos ojos azules y traviesos que brillan con una luz especial.
imagen de: www.fondosgratis.com

conclusión mental nº 13: sobre la libertad



Me gustan esos momentos en los que se aproxima algo deseado. El casi pero aún no. Parece que el sabor del éxito ya puede sentirse, que la próxima libertad es un hecho real.



Pero aún no estamos en el sí. Estamos en el casi.





Esos momentos en los que podría afirmarse que el deseo de esa libertad próxima hace que disfrutemos más de ella, pensando en que falta poco para alcanzarla, que cuando ya la hemos alcanzado.




Momentos en los que después de un largo camino divisamos la tierra de libertad. Y esa visión conjunta de su totalidad es más satisfactoria que el momento en el que ponemos un pie en ella y ya es un hecho presente y real.



"La libertad no tiene su valor en si misma: hay que apreciarla por las cosas que con ella se consiguen." (Ramiro de Maeztu)


fotografía en : http://filosofiauruguaya.ning.com/

calcetines de colores


La tibetana me animó a renovar mi blog.

A los rubios no les favorece el blanco. Siempre están mejor con barba y camisa roja de cuadros.

A veces sonreír resulta más atrevido, y divertido, que hablar.

No hemos olvidado a Carlos Lázaro.

Axiológico no es lo mismo que axioma.

La curiosidad mató al gato. No todos han muerto. Siempre encuentras a gente que le siguen gustando los gatos.

Las apariencias engañan. Las españolas pueden parecer afganas.

No todos los judíos son inteligentes. Y no todos consiguen estudiar en la biblioteca.

Hay hippies que se pasean en monopatín por la biblioteca.

Si tienes dudas sobre el significado de alguna palabra, pregúntaselo a Plaza que seguro que lo sabe.

Las nubes están más ricas quemadas. Y nos recuerdan al algodón de azúcar.

Los descansos son largos. Y las risas escandalosas.

Los San Jacobos se queman.

Ríete siempre. Aunque no sepas ni porque te estás riendo.

Lo mejor de la ropa son siempre los calcetines de colores.

A veces las cosas más grandes resultan así de sencillas. ¿A veces? NO.Siempre.



fotografía en: zaragozame.com

Así de fácil


Me encantaría escribir bien. Poder expresar con total claridad lo que dice mi consciente. E intentar conocer un poco más a mi subconsciente.

También me gustaría cantar bien. Para poder cantar el cumpleaños feliz sin que Gonzalo y María se rían de mí.


Que la mejor madre del mundo no estuviese a 600 km de distancia.


Me encantaría que se cumpliesen todos mis sueños. Menos uno. Menos el último. Y ese tenerlo siempre presente y que al final comprendiese que, aún sin cumplirlo, fui una persona feliz.

Me encantaría no dejar nunca de estar alegre.

Y que aunque ya te hayas ido nunca me olvide de ti.

Me encantaría que me separasen menos kilómetros de las rías gallegas. Y de su gente.

Me encantaría que Zeta y yo llegásemos a conquistar el mundo entero. Fue lo que él se propuso al comenzar el año nuevo. Que de Quito pasemos a Jamaica. De Jamaica a Nueva York. Y después recorramos la India, la China y también London.

Y también seguir aprendiendo siempre. Y creciendo.

Que me diesen una lista de libros que seguro me van a gustar. Y leérmelos. Y subrayarlos. Y releerlos una vez más.

Vivir hasta la vejez. Sin dejar de sonreír.

Y visitar New York al menos una vez.

Me encantaría seguir teniendo buena suerte. Y que no dejasen de pasarme cosas curiosas y graciosas.

Y tener cada día un poco más de fe.

Me encantaría encontrarte y construir juntos algo grande.


fotografía en:(www.tadega.net/Fotos/d/296-1/facil.jpg)

Conclusión mental nº 25: Un poco de nieve. Un poco de sol.


Comienzo del año 2010. La nieve cubre toda la ciudad de Madrid. El paisaje combina el verde de los árboles y el blanco puro de una nieve aún virgen.

Salgo temprano.
Y hoy, después de todo y después de nada, me permito soñar. Viajar en el tiempo y en el espacio. Imaginar. Disfrutar por caminos imaginarios, por situaciones irreales que me permiten avanzar. Me permito soñar sabiendo que es el primer paso para luego edificar, construir y ganar.

La nieve virgen bajo mis pies, cruje mientras la piso. El cuerpo se hunde sobre una capa de nieve aún intacta y fría. Húmeda. Miro atrás y cada una de las pisadas quedan grabadas en la nieve. Dejando constancia de un camino recorrido.

Sigo caminando. El sol aparece tímidamente entre los edificios, aún sin vida, del oeste de la ciudad. Todo está en calma. La nieve blanca quita el protagonismo a los verdes paisajes naturales. O también aumenta la belleza con el cambio tan radical de colores.

Todo está en calma. Y yo también. Disfruto de uno de esos momentos en los que me parece que estoy en absoluta armonía con la naturaleza. Como si todo el planeta tuviese un pulso de respiración unitario. Y lo vivo intensamente. Y doy gracias por tenerlo y también por saber que lo tengo.

La calma me lleva a la paz. Una tranquilidad dinámica y alegre de quien reconoce las señales y sabe que está en el buen camino. Una tranquilidad de quien se abandona a su Suerte sabiendo que, después de lo que ha pasado, lo que pase ahora también pasará por algo.

Y una vez más vuelvo a disfrutar.
A disfrutar de los pequeños detalles que ofrece el dinamismo de los altibajos vitales. A disfrutar de esas pequeñas tonterías que hacen que sonriamos cada día.
Y así, en lo sencillo, seguir viviendo de verdad.

Conclusión mental nº 42: Con lo que me quedo



Sin dudarlo me quedo con los pequeños detalles.

Me quedo con momentos pequeños que han llenado de vida el tiempo. Si tuviera que escoger me quedo con todo lo que recuerdo, con lo que he olvidado, con lo que quiero contarte y con lo que esta vez me he callado.

Me quedo con aquel día lluvioso de diciembre cuando caminando por el paseo marítimo coruñés, mientras el viento azotaba mi cara y el mar rugía de fondo, una madre explicaba a su hijo, con un suave acento coruñés, para que servía un ancla. Y lo hacía con todo el cariño. Y mientras el olor a salitre nos inundaba a todos. Sin saberlo, nos unía.

También me quedo con aquella tarde de junio, con su calor y todo lo que nos reímos. Nos reímos como se ríen las amigas de verdad en tardes con agobios muy intensos y calor sofocante. Como se ríe la gente cuando se encuentra en el límite de la desesperación pasajera, donde siempre hay cabida para lo cómico.

Me quedo con aquellos momentos encerrados en el ascensor. Y las reacciones tan diversos y volátiles de cada uno de los que estábamos dentro.

Me quedo con su marcha. Y el alivió que sentí cuando me liberé de su presión. Y me quedo con su vuelta y la alegría de escuchar de nuevo su voz.

Me quedo con aquella mañana fría de invierno cuando pisé la nieve virgen. Y también con aquella tarde cuando abrimos la pesada puerta negra y el otoño nos recibió con sus hojas en los suelos, con sus atardeceres, con su color. Y supimos disfrutarlo.

También me quedo con ese encuentro inesperado. En el metro.

Y con las amistades que han nacido este año. También con las que conservo y con las que hemos recuperado.

Me quedo con un reencuentro al año. El de diciembre. El de siempre. Y con volver a la ciudad donde nadie es forastero.

Me quedo con el último disco de Pereza. Con los versos que me escribiste y no entendí hasta un año después. Con aquel libro que me prestaron hace un par de semanas y que consiguió enfadarme, alegrarme, hacerme llorar y pensar al mismo tiempo. Me quedo con aquel regalo inesperado. Y con un poco de dinero más para llegar a fin de mes.

Me quedo con la sonrisa y el optimismo de M. Y la mirada de aquel moreno siempre alegre. Con la voz de aquel pitufo. Y las locuras de aquel artista despeinado que siempre lucha por los de lejos.
Y por supuesto con cada uno de nuestros blogs y sus blogueros.

Y me quedo con todo aquello que hoy no te cuento.

La vuelta con todas sus buenas consecuencias


"No quiero necesitarte...porque no puedo tenerte."

Lejos del mar ella soñó con volver a soñar. Imaginó de nuevo una sonrisa tranquila. Imaginó también que volvía a empezar. Y sin darse apenas cuenta, lo hacía. Volvía a la lucha, tras remontar.


Recordaba bien aquella caída. Y el tiempo que permaneció tirada. Cada uno de los rasguños, de las heridas. Lo duro de la retirada. Recordaba bien como se levantó dolorida, como limpió el polvo de sus rodillas y quien le desinfectó las heridas. Y no lo olvidaría jamás. También ocurrió aquello lejos del mar.




Ahora volvía a su tierra salina, al rugir de las olas y a las tempestades del mar. Ahora volvía a esas tierras húmedas donde siempre hay espacio, y hay tiempo, para volver a empezar.


Le atemorizaba el miedo que había sentido recientemente cuando había estado a punto de volver a tropezar, con las misma piedra con distinta forma, en circunstancias semejantes. Y de nuevo lejos del mar. Había sido un miedo frío. Como el que se siente cuando uno descubre un pequeño detalle, clave de un gran crimen.


Volvía a la tierra del mar. En cuanto ponía un pie ahí todo cambiaba. Como si aquel lugar fuese especial y abarcase una dimensión desconocida, aún por descubrir. En aquellas tierras todo era diferente.

No sólo la gente cercana, las formas suaves, las conversaciones tranquilas, el acento gallego, la naturaleza salvaje o el ambiente marinero y elegante.



Sino algo más. Había allí un optimismo innato, impregnado en lo profundo de corazones que luchan durante generaciones contra las adversidades del espacio y del tiempo. Adversidades que les separan largas distancias del resto de poblaciones. Se respiraba en el ambiente esa suavidad climática, consecuencia de la presencia del mar. Una suavidad que estaba dentro de cada uno de los espíritus optimistas que cada mañana luchaban con dignidad.


Ella volvía. Y sabía que allí todo cambiaría. Como el que vuelve a su hogar después de pasar largas temporadas lejos, y sabe que allí, con el cariño y el calor de los suyos los problemas se olvidan. Y si se recuerdan se hace de una manera lejana y vacía, siempre muy optimista. Reduciendo las grandes desgracias a pequeños problemas que no tiene demasiada importancia pensar.


Una vez más volvía con los suyos, y todo lo demás podía esperar. Ahora tocaba disfrutar de verdad.

Somos así

-Dime un tema concreto sobre el que puedo escribir.
-Lo mucho que nos preocupamos por algunas tonterías y lo poco que nos preocupamos por otras cosas de mayor importancia.



La idea está en mi mente. Pero no sé como explicártelo. Escribo. Lo borro. Vuelvo a empezar. Releo tu mensaje. Tu tema. Tu contestación cuando te pedí que me dijeses un tema concreto para escribir. Tengo la idea, pero no sé como contártela.


Quizás debería intentar explicarme explicándote que pienso que lo que nos pasa no está nada mal. Nos preocupamos por las tonterías porque es nuestra manera de vivir. Nos gusta vivir en los pequeños detalles de cada día. Conseguimos intensificar y eternizar instantes que, muchas veces, no duran más que unos segundos. No gusta lo pequeño, lo corriente. Como el 4 convertido en 100. Como la coincidencia con las zetas de mi calle y el número de mi portal. Nos gusta que se confundan nuestros nombres en el Starbucks. Vivimos en lo pequeño. También cuando sufrimos. Hoy es un problema. Y mañana ya no está. Nos preocupamos de esas cosas que sabemos que no tienen importancia. Nos la contamos. Las olvidamos y ya está. Volvemos a disfrutar.


O quizás debería empezar por contarte que, sin ningún orgullo ni vanidad, pienso que es una manera más inteligente de disfrutar. Preocupándonos de lo pequeño, que sabemos que mañana pasará. Que lo olvidaremos para no preocuparnos más. Hoy te lo cuento. Porque lo pienso. Pero mañana ya no hace falta que lo hablemos. Ya pasó. Ya está. Sin ganas de sufrir más, de preocuparnos por cosas que nos preocuparían de verdad.


Quizás sea sólo, y una vez más, que somos así. Que tenemos muchas ganas de disfrutar.

Conclusión mental nº 19: Siempre

Desde hoy hasta siempre.

Siempre. ¿Quién se invento esa maldita palabra? ¿Quién dio licencia para utilizarla?

Lo hizo alguien que, como tú cuando la pronunciaste, se equivocaba. O quizás cuando la dijiste acertabas.
Pero no matizaste tu siempre. No le pusiste adjetivos. Lo dejaste volar. Lo soltaste muy cerca de mí para que entrase en mi mente.
¡Qué fácil entrar y qué difícil salir! Los siempres salen muy pocas veces, cuando lo hacen es difícil que entre el siguiente.
Tú lo sabías. Y así lo querías. Así que no hables de dejarse llevar ni de errores inconscientes.
Lo sabías antes de decirlo. Y después. Lo supiste siempre. Y por eso lo hiciste.

Y yo aprendí lo difícil que es olvidarse de un siempre, para siempre.