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nunca pasa nada.


Un número impar de bocetos que nunca llegarán a ver la luz.
Ellos no lo saben. Y es mejor así.

Momentos tristes que tienen como fundamento una visión algo más desalentadora de las dificultades diarias.
Parece imposible continuar con tantas historias sin final rondando por la cabeza. Todas ellas desorientadas. Corren. Vuelan. Buscan su final. Pero no está. Aún no.
Parece imposible conseguir no sufrir con algunas palabras clavadas en la zona más sensible del corazón.
Parece imposible creer que haya final en un túnel donde nos encontramos desde hace tiempo. Caminando. Aún no se ve ni un atisbo de luz. Salvo el de aquella mirada que parece dispuesta a no separarse de mi lado.


Y esa mirada me lo recuerda. Lo que había olvidado. Y de pronto es cuando otra perspectiva hace su entrada en escena.


Nada como volver a encender la luz para encontrarse. Como cuando uno se despierta y no sabe muy bien donde está.
Nada como darte la mano para tener la seguridad de que no estoy sola. La seguridad de que conseguiremos juntos lo que yo sola jamás hubiese logrado.

Y después comenzamos a reírnos. Eso siempre. Nos reímos de esta situación. Y también de la anterior.
Seguimos riendo. Nos reímos de la tristeza, de la inseguridad, de las dificultades y de las pocas ganas. Y poco a poco todo esto va desapareciendo. Se van lejos.


No sé ni que escribo. También nos reímos de esto. ¿Por qué no?


Al fin seguimos vivos. Y bien. Y juntos. Entonces, tranquilos.

Nos reímos de nuestros propios errores. Y del fracaso de aquel plan tan pensado. Al final nunca sale nada como esperamos. Quizás sea esa la base de la esperanza. Y del dinamismo de los hechos.


Y al final del día nos dormimos. Y soñamos tranquilos.


Porque nunca pasa nada. ¿En serio? En serio.
Vale. Vale.

Conclusión mental nº 25: Un poco de nieve. Un poco de sol.


Comienzo del año 2010. La nieve cubre toda la ciudad de Madrid. El paisaje combina el verde de los árboles y el blanco puro de una nieve aún virgen.

Salgo temprano.
Y hoy, después de todo y después de nada, me permito soñar. Viajar en el tiempo y en el espacio. Imaginar. Disfrutar por caminos imaginarios, por situaciones irreales que me permiten avanzar. Me permito soñar sabiendo que es el primer paso para luego edificar, construir y ganar.

La nieve virgen bajo mis pies, cruje mientras la piso. El cuerpo se hunde sobre una capa de nieve aún intacta y fría. Húmeda. Miro atrás y cada una de las pisadas quedan grabadas en la nieve. Dejando constancia de un camino recorrido.

Sigo caminando. El sol aparece tímidamente entre los edificios, aún sin vida, del oeste de la ciudad. Todo está en calma. La nieve blanca quita el protagonismo a los verdes paisajes naturales. O también aumenta la belleza con el cambio tan radical de colores.

Todo está en calma. Y yo también. Disfruto de uno de esos momentos en los que me parece que estoy en absoluta armonía con la naturaleza. Como si todo el planeta tuviese un pulso de respiración unitario. Y lo vivo intensamente. Y doy gracias por tenerlo y también por saber que lo tengo.

La calma me lleva a la paz. Una tranquilidad dinámica y alegre de quien reconoce las señales y sabe que está en el buen camino. Una tranquilidad de quien se abandona a su Suerte sabiendo que, después de lo que ha pasado, lo que pase ahora también pasará por algo.

Y una vez más vuelvo a disfrutar.
A disfrutar de los pequeños detalles que ofrece el dinamismo de los altibajos vitales. A disfrutar de esas pequeñas tonterías que hacen que sonriamos cada día.
Y así, en lo sencillo, seguir viviendo de verdad.

La vuelta con todas sus buenas consecuencias


"No quiero necesitarte...porque no puedo tenerte."

Lejos del mar ella soñó con volver a soñar. Imaginó de nuevo una sonrisa tranquila. Imaginó también que volvía a empezar. Y sin darse apenas cuenta, lo hacía. Volvía a la lucha, tras remontar.


Recordaba bien aquella caída. Y el tiempo que permaneció tirada. Cada uno de los rasguños, de las heridas. Lo duro de la retirada. Recordaba bien como se levantó dolorida, como limpió el polvo de sus rodillas y quien le desinfectó las heridas. Y no lo olvidaría jamás. También ocurrió aquello lejos del mar.




Ahora volvía a su tierra salina, al rugir de las olas y a las tempestades del mar. Ahora volvía a esas tierras húmedas donde siempre hay espacio, y hay tiempo, para volver a empezar.


Le atemorizaba el miedo que había sentido recientemente cuando había estado a punto de volver a tropezar, con las misma piedra con distinta forma, en circunstancias semejantes. Y de nuevo lejos del mar. Había sido un miedo frío. Como el que se siente cuando uno descubre un pequeño detalle, clave de un gran crimen.


Volvía a la tierra del mar. En cuanto ponía un pie ahí todo cambiaba. Como si aquel lugar fuese especial y abarcase una dimensión desconocida, aún por descubrir. En aquellas tierras todo era diferente.

No sólo la gente cercana, las formas suaves, las conversaciones tranquilas, el acento gallego, la naturaleza salvaje o el ambiente marinero y elegante.



Sino algo más. Había allí un optimismo innato, impregnado en lo profundo de corazones que luchan durante generaciones contra las adversidades del espacio y del tiempo. Adversidades que les separan largas distancias del resto de poblaciones. Se respiraba en el ambiente esa suavidad climática, consecuencia de la presencia del mar. Una suavidad que estaba dentro de cada uno de los espíritus optimistas que cada mañana luchaban con dignidad.


Ella volvía. Y sabía que allí todo cambiaría. Como el que vuelve a su hogar después de pasar largas temporadas lejos, y sabe que allí, con el cariño y el calor de los suyos los problemas se olvidan. Y si se recuerdan se hace de una manera lejana y vacía, siempre muy optimista. Reduciendo las grandes desgracias a pequeños problemas que no tiene demasiada importancia pensar.


Una vez más volvía con los suyos, y todo lo demás podía esperar. Ahora tocaba disfrutar de verdad.

tu otro tú y mi otro yo

Desde que lo conozco es diferente. La relación es distinta a las demás. Él no es como otro más. Es especial. Él es algo muy difícil de explicar. Es mi otro yo.

Él es mi otro yo. Las cartas de la baraja que no tengo, y que por tanto sé cuáles son. Pero juega conmigo. En el mismo equipo. En el que, en esta partida, le ha tocado perder. Y en muchas otras, diferentes a estas, ganar.
El mismo yo con sonrisa de bobo por fuera y serio por dentro. Con apariencia tranquila y absolutamente excitado por dentro. Con porte sereno y pacífico, y en cuyo interior alberga una constante lucha entre el sí y el no. La ilusión y la desilusión. La alegría y la pena. El pasado y el presente. En definitiva, la eterna lucha entre el corazón y la razón.

Él también médico y enfermo al mismo tiempo. Luchando sin cansancio por conseguir un puesto importante en ese corazón prohibido y deseado, temido y admirado. El mismo que tantas veces se ilusiona para después desilusionarse y se convence con mil razones que no se cree.

Nunca llegamos a ninguna conclusión. No hay solución. Siempre dando vueltas en el mismo bucle. Cuando él habla de sí, yo digo no. Cuando él lo niega entonces mi papel es el de la afirmación.

El mismo yo. Me contradigo y me contraduzco. Valientes aunque con la cobardía que les aporta la derrota. Sinceros aunque no digan nunca la verdad. Y callados aunque lo digan todo. Ilusionados en la derrota y esperanzados, sin esperanza.
El mismo yo que camina sin rumbo en busca de lo imposible. El mismo yo que me hace ver en sus actos mis errores. Y en sus palabras, mis argumentos. En sus dudas, mis vacilaciones. El mismo yo que con su tristeza me muestra mi dolor. Y en su esperanza mis razones para no dejar la lucha.

El mismo yo. Por el que sufro cuando ella habla, diciendo lo que no debería decir. Y yo la escucho. La escucho callada cuando me gustaría gritarle que no es así. Y permanezco quieta cuando me gustaría correr hacía él y advertirle cuanto de verdad y de mentira tiene su inocente ilusión. Pero no puedo. Precisamente mi propio yo me impide ser totalmente sincera con mi otro yo.

Y por eso es diferente. Porque nunca es otro. Ni uno más. Él es el otro yo. Y por eso nos queremos sin amarnos. Y vivimos paralelo sin fallarnos. Porque somos dos, pero cada uno de nosotros es el otro yo.

borrón y cuenta nueva

Borrón y cuenta nueva. Esta vez sin éxitos de los que presumir y sin fracasos de los que lamentarse. Sin tiempo que perder pero sin prisa por ganarlo. El éxito no lo asegura nada, solo se aproxima a él quien lo hace bien. Y aún así no tiene porque vencer. Es todo demasiado desequilibrado como para sobrevivir. Y demasiado perfecto como para ser real.

La mente no olvida con el tiempo, el corazón es más experto en hacerlo. Siempre reteniendo los buenos momentos, dejando de lado aquellas tardes de sufrimiento. Total, qué más da. Si ya no están. Si sabemos que no volverán. Qué nunca volverán. ¡Qué palabras tan vacías y cuanto llenan! ¡Qué silencios tan eternos y cuando enseñan! ¡Qué bien saber, querer y poder continuar!

Todos miran y nadie observa. Solo animan, desaniman. A veces fallan y muy pocas veces aciertan. Pero no importa, pues hoy sabemos que los puntos acumulados se pierden. Y que es mejor utilizarlos cuanto antes. Ya que después se desvanecen. En el olvido, en el vacío, en ese tiempo que tantas veces carece de sentido.

Ni yo misma se lo que digo, pero mido cada una de las palabras que escribo. Con miedo a que sean tan largas que no quepan en un papel o tan cortas que no se vean. El tamaño perfecto no existe, ni tampoco la manera perfecta de hacerlo o de saberlo.
Y entre nada y todo pasa el tiempo. Tiempo cargado de momentos que no están pero que fueron. Algunos se los llevó el viento y otros siguen dentro, muy dentro. Tan profundamente dentro que ni yo misma los veo. Pero están ahí, lo sé porque lo siento.

No es tan fuerte como parece, ni tan estable como aparenta. Los demás no lo saben. Piensan que en ella es todo tan claro como su sonrisa, que es tan bello como su mirada, que es tan sincero como sus palabras. No imaginan que detrás de un simple viento se esconde un huracán, que el sol tantas veces quema, que el mar es lo más complejo aunque tenga esa apariencia tan calmada y tan serena.

No tienen miedo a la incoherencia. Y no le importa pasar vergüenza. Ni asentir lo que mañana negará. Y negar lo que siempre ha asentido. No le importa nada de eso. Ni las apariencias, ni el qué dirán y sin lo dirán de verdad o será una verdad a medias.

Solo le importa vivir cada día, y disfrutar de la vida. Porque sabe que cada momento que viva nunca más volverá.

Te odié

Cuando me di cuenta realmente, te odié. Te odié profundamente. Odié tu fría personalidad y todo tu inexistente ambiente. Tu mundanal miseria trazada alrededor de tu ego. Odié también tus sonrisas, tus palabras bonitas y el que me gustase tanto quererte.
Odié todo por lo que pasé y también lo que quedó sin hacer. Tus miradas tranquilas, tu pesimismo innato. Todo eso que cargaste sobre mi mochila, que cada día hacía más costosa la marcha.
Odié esa pasividad. El control de la situación. Tu manera de ampliar tu libertad mientras la mía se iba recortando por momentos. Odie tu forma de mirarte, de enfocar la vida siempre a tu favor. De que cada uno de tus actos tuviesen comienzo y final en ti mismo.
Odié tu manera de despreciar todo lo diferente. Tu manera de aniquilar ideales más nobles que los tuyos. Tu manera de aprovechar el dominio para arrasar con todo lo que no te interesaba escuchar.
Odié todo y sin embargo me pareció imposible de olvidar. Imposible arrancar cada recuerdo y cada conversación de ese maldito lugar de la memoria donde se habían grabado a fuego, de ese maldito lugar del corazón en donde habían llegado ya muy hondo.

Y hoy ya no odio nada de tu persona, nada de aquello que pudo ser y no fue. Agradezco que no fuera. Que no existiera nada más, pues lo que pasó fue suficiente para marcar a un corazón.

Bah! Ahora que lo pienso tampoco fue odio. Quizás sea una palabra demasiado fuerte, quizás el odio fue de una etapa anterior ya olvidada. Quizás fue solo una visión algo más real. Un cansancio en un incansable. Una caída por peso propio. Un suspiro entre tanta lágrima.
Pero no te engañes, no vale tanto todo esto. No hubo cansancio, ni caída, ni suspiro. Y por supuesto, ninguna lágrima.
Solo un par de papeles rotos y otro par de documentos sin entregar. Y una conversación de chat que lo dice todo. Y el otro que habla claro, y que afirma que él está. Está de verdad.

Y después, el maldito silencio. Algo sobrio, algo vulgar. Y por hoy, nada más.

No hay odio. Ni rencor. Simplemente no se puede. Tiramos demasiado fuerte en sentidos contrarios y la cuerda se rompió.

No te desprecio. Simplemente, no puedo. No debo. Y no lo entiendes. Y tampoco pretendo que lo hagas. Y no comprendes lo que te digo y perdóname si es que, de verdad, no me explico.
No me quedan más palabras. Ni tampoco más silencios.
Solo quiero vivir un tiempo. Algo que merezca la pena. Algo un poco más atento y más sincero. Algo más contenta.
Y lo siento, de verdad lo siento.
Ahora que volvemos a tenernos y decididamente te pierdo.
Y no lo entiendes. Y te aseguro que por mi parte ha habido un gran esfuerzo. Y que solo antes de morir, te dejo.
Tu mundo está muy lejos. Y no puedo. No llego. Tampoco quiero.

Me ha desecho el camino, el caminar. Y aún no he llegado a tu puerto. Imagina si llegase. Imagina si te alcanzo.

Perdóname si no puedo. Quizás algún día lo entiendas, quizás cuando tengas menos ego.
Que no es orgullo ni apatía, que tampoco se trata de floja cobardía.
Lo que pasa es que soy de esos, de los que no somos de hierro y no podemos cruzar esa línea que trasforma nuestra vida en un infierno.

Y además él me quiere de verdad. Y me dice que no siga, que me mire, que ya no puedo más. Que si sigo por ahí me pierdo. Y, lo siento, pero él me quiere mucho más.

Hasta siempre compañero. Hasta siempre viejo amigo.

El Final

Déjame que te lo explique sin entenderlo. Y que lo entienda y no te lo explique.
Déjame a mi sola enredarme y desenredarme. Quererte, desquererte y después odiarte.
Déjame amarte y después sufrirte.

Déjame alejarme. Alejarme sin explicarte. Sin decirte la razón. Sin que me veas. Cuando menos te lo esperas, cuando cambies, cuando los demás no miren. Déjame hacerlo así.
Que cuando quieras darte cuenta ya esté lejos. Que tú mires y solo sea un punto negro en el horizonte. Y que grites pero yo ya no te oiga.
Que ahora lo ves, y después desaparece para siempre.
Déjame hacerlo de esta manera. Algo sutil.
Déjame hacer de forma cobarde mi acto más valiente.
Déjame marcharme de tu vida para empezar a vivir mejor la mía.

Y no encontrarás explicación en la noche. Ni tampoco por la mañana. Ni la mañana de mañana. Ni ahora. Ni siempre. No busques. Pues no encontrarás nada.Y no te preocupes pues no pasará nada.

Seguiremos como siempre. Y los demás no notarán nada. Ni los tuyos ni los míos verán la diferencia de nuestra distancia. Pero notarán el cambio en nuestras miradas.
Tú no dirás nada. Y yo caminaré callada.

Y seguiremos. Yo caminaré y tú permanecerás ahí sentado.
Pero poco importan los detalles a los que, en los momentos de dolor, nos agarramos. Poco importa lo que dijimos, a lo que nunca nos atrevimos y lo que callamos.
No tengo prisa, pues sé que ya nunca alcanzarás mis pasos.

Añorarás mis visitas, mis palabras, mis comentarios y mis ánimos. Añorarás abrir conmigo esas cajas de pensamientos tan extraños, tan profundos y tan humanos.
Y yo tendré morriña del vacío que llenaba tu presencia. De la luz de tu mirada y tu sonrisa algo traviesa.
Y de nada más. Pues entonces ya no quedará nada.

Y tú conseguirás que en esas importantes neuronas encargadas del recuerdo de mi persona no entre ni un soplo de olvido y que tampoco pierdan brillo. Conseguirás que ese brillo ahí guardado ilumine tu mirada cuando me recuerdes.
Y yo conseguiré seguir queriéndote como eres, sin idealizar y sin subestimar.

Y a pesar de todo esto sé que no vendrás detrás. No correrás cuando esté lejos.
Te limitarás a afirmar que lo hecho, hecho está. Y qué pasó y ya está.
Y en medio de todo mencionarás algo referido a mi libertad.
Seguirás parado mientras yo camino.
Y por eso nunca me podrás reprochar que me haya ido, porque cuando lo he hecho no has venido detrás ni conmigo.

Cajas cerradas

Un montón de cajas sin abrir. Un montón. A lo largo y ancho de todo el pasillo.
Una mudanza. Una esperanza. Y como despedida, un par de besos. Aunque para otros, ni eso.
De todo esto no salvaría ni un hueso.
Y tú no darías ni una idea absurda. Ni una locura indecente. Ni un pensamiento sincero.

¡Qué ignorantes! ¡Qué cobardes! Y en conjunto, ¡qué desagradable!
Y, ¡qué monótono! Siempre la misma historia.
Siempre la misma burra que gira alrededor de la misma noria.

Y me preguntas, ¿de qué hablo? Pero vamos … si ya lo sabes.
No te hagas el tonto. Ni el loco. Ni el pato. Y menos, el moro.

Y te sonrío, como si no supiese hacer otra cosa.
Y te lo digo. Y te pregunto. Insisto. Porque me encanta oírte hablar de mi. Porque me gusta mi nombre en tu boca. Tus halagos siempre amables.
Y la incoherencia en cada fonema que pronuncias.
Y todo con ese acento tan característico.

Y mientras ellos miran desde lejos. Y se entretienen. Se entretienen con todo aquello. Tan absurdo, tan patético. Y como siempre, intenta desviar la atención de lo importante. Señalando a lo lejos, desviando las miradas hacia un punto indefinible del horizonte.

Pero tú y yo sabemos que las cajas siguen sin abrir. Siguen en el pasillo. Cerradas. Y son un montón.

Dejamos pasar el tiempo. Y dejamos que también se cuele entre nosotros un buen trozo de espacio. Y si quieres, de silencio.

Y después de todo ese tiempo, todo ese espacio y todo el silencio hemos cambiado.
Lo noto. Y con sinceridad, lo siento.
Tu pelo crecido. Y mi cabeza, sin pelo. Pero tú aún no estás preparado para saberlo.
Tu éxito vacío. Y el mío, discreto.
Tu silencio que miente. Y el mío, aún menos sincero.

Y las cajas siguen sin abrir. En el pasillo. Son un montón. Y están cerradas.

Y ellos siguen desviando la atención de tantos otros. Todo miran donde señala el dedo, sin saber muy bien por qué. Sin saber muy bien a dónde. Un lugar indefinido. Y muy lejos.

Y tú y yo por fin nos hemos parado en el pasillo. Delante del montón de cajas que siguen sin abrir. De las cajas cerradas.

Prefiero tirarlas al mar antes de abrirlas una a una. Y además, nos queda el mar tan cerquita.
Prefiero deshacerme de la primera, de la segunda … así hasta la última.
No pienso abrirlas yo sola. Y tú no estás dispuesto a hacerlo.

Nuestras cajas. Nuestras cosas. Nunca sabrás que había dentro. Y yo, tampoco.
Y decidimos que es lo mejor.
Algo serios. Algo agobiados.
Fingiendo ser maduros. Fingiendo saber lo que hacemos.
Y vamos. Y las tiramos.
Una a una las cajas van cayendo al mar. Todas. Cada una. Cerradas.
Y en nuestra mente, algo de culpabilidad que confundimos con responsabilidad.

Y el mar las acepta sin dudarlo. Y las va tragando una a una. Y a su fondo van a parar nuestras cosas. Todas las que llenaban nuestro pasillo. Todo lo que acumulamos en aquella mudanza. Todo lo que empaquetamos corriendo pero luego no fuimos capaces de volver a abrir, de ordenar, de colocar, de redistribuir.

Y una vez terminado el trabajo nos fuimos. Cada uno a lo suyo.

Y allí seguían ellos. Mirando sin saber a donde. A un lugar indefinido del horizonte. Siempre lejano.

Y nosotros. Sin cajas que estorbasen en el pasillo. Pero también sin nada. Sin alma. Y también, sin corazón. Sin problema y sin solución.

Y después vendrán aquellos, los de detrás, lo que ahora son pequeños. Y también les gustará bucear.Y recorrerán las profundidades marinas y en ellas encontrarán lo nuestro.
Encontrarán un montón de cajas sin abrir.Y se sorprenderán. Y se preguntarán. Y no sabrán responderse.
Y no sabrán porque algunos extraños personajes de alguna generación anterior tiraron todo aquello al mar.
Y lo tasarán. Y lo subastarán. Y solo el que tenga más poder lo conseguirá.
Y abrirá cada caja con esmero, con ilusión.
Dedicará el mayor y mejor tiempo del día a hacerlo. Los mejores días del año. Y seguramente serán los mejores años de su vida.
Y morirá tiempo después sin haber podido responder en que pensarían aquellos que tiraron su propio tesoro al mar.

Y esos ellos somos nosotros. Tú, yo. Nadie más.
Que tiramos nuestro tesoro al mar, que no supimos apreciar lo nuestro, lo que juntos conseguimos.
Que nunca quisimos tener tiempo para abrir nuestras cajas.
Aquel montón de cajas que permaneció tiempo en nuestro pasillo. Cerradas.

nuestra dimensión

Sencillamente, no lo es. No es el ser humano alguien o algo sencillo, humilde, sincero y coherente. No lo es. Por ello no puedo prometer no volver a actuar como si lo fuera, pues precisamente porque no lo soy no puedo evitar no fingirlo.

No entiendo porque me equivoco o en que lo hago y por eso me parece que no me estoy equivocando. Qué error más básico y a la vez de los más enmascarados y complejos, de los más vulgares y soberbios. Siempre presente. Siempre callado.

No entiendo el mundo. No sé explicarlo y tampoco comprenderlo. Y por ello no pienso que pueda ser simple. Al revés, únicamente puedo definirlo como algo muy complejo y completamente enredado de relaciones subyacentes entre todos sus componentes, la mayoría de ellas aún no estudiadas por nuestra especie. Y quizás sea más simple, más sencillo. Y mis neuronas y la comunicación entre ellas lo vacío, lo corto, lo poco inteligente.

Y creer que soy más por el simple hecho de ser diferente. De ser otra cosa. De ser de la misma materia y diferente forma. Y no es más que el ego que rodea mi mente. Rodea cada neurona, impregnándose en cada pensamiento, dejándome sin capacidad para comprender que es todo mucho más sincero que esa red de mentiras creada de forma tan artificial. Que no soy más que una parte que lucha, como los demás, por su supervivencia y reproducción, sujeto a las mismas leyes, a las mismas verdades, a los mismos límites y a las mimas razones de existencia. Eso suponiendo que existan verdades, límites y razones. Suponiendo que existimos cuando somos. Y que somos porque existimos.

Y quiero soñar despierto una vez más. Quiero no ser comprendido y no entender nada. Y que no te guste, y que no me importe. Porque sé que lo que hago no importa pero no sé ni siquiera que estoy haciendo. Y no me importa hacerlo bien o mal si lo hago, si lo quiero ahora. Es para mí una manera más de huir de una falsa realidad para bucear de lleno en la verdadera, aquella que no entiende de razones y tampoco de sentimientos. Aquella en la que la materia y la forma se fusionan, así como lo hacen el bien y el mal, la mente y los sentimientos o la razón y lo irracional. Dejando finalmente un enorme vacío en ese lugar de la mente, hasta entonces ocupado por lo lógico, para llenar por completo de sentido una existencia fugaz y poco importante.

Te pido a gritos tus palabras. Solo eso. No quiero más. Ya he liberado mi mente dejando un hueco solo para lo necesario, para el alimento que le ayude a sobrevivir. Y para ello, para la supervivencia intelectual, solo necesito tus palabras. Palabras sinceras, me da igual si sencillas o complejas, aunque cuanto más complejas sean mayor será el éxito, pues lograrás sacarme palabras de lugares tan recónditos que ni tú ni yo imaginamos su existencia. Y después, descansar tranquila tras unas reflexiones que alaguen y reflejen la punta del enorme iceberg que ha supuesto en tu vida una entrada pequeña y rápidamente escrita. Para después descansar sin poder hacerlo. Y que en medio de la noche te despiertes aturdido y escribas lo que impide que concilies el sueño, escupiéndolo en una hoja del Word mientras fumas un cigarro de esa cajetilla roja. Para después volver a dormirte y despertarte mañana con la dulce sensación y la intriga absurda de querer releer esas palabras y retocarlas, para mostrármelas. Y que pueda de nuevo volver a inspirarte durante la noche oscura o en un día soleado, a muchos kilómetros de distancia. Y como siempre, viviendo vidas muy paralelas en las que nadie puede imaginarse la dimensión que dan a la noche y al día unos cuantos párrafos que llevan siempre la misma firma.
Volveremos a lo absurdo y solo así lograremos sobrevivir. Si quieres que no muera mi parte de artista no puedes dejar de escribir, no puedes dejar de estimularme y responderé, y mis respuestas serán para ti estimulaciones. Y así lograremos entrar en un ciclo vital, de esos que tanto abundan en este planeta, y de los que se desconoce cuál fue el factor que los desencadenó. Quizás el huevo, tal vez la gallina.

Para los momento absurdos, para la falta de tiempo, para la pérdida inútil y las ganas de huida. Para los que no comprenden lo que es renovarse, para los que mueren sin haber vivido. Para los que encuentran de pronto una nueva dimensión que no puede ser descrita, tampoco explicada, únicamente vivida y que solo comprende aquella persona que comparte contigo ese círculo vicioso. Y nada más. Repito, comparte el círculo vicioso, ese maldito ciclo vital y nada más. Y quizás sea esa la razón del dolor, del sufrimiento o de la incomprensión, el querer introducir dentro de un ciclo cerrado elementos que no forman parte de él y que destrozan el equilibrio dinámico hasta entonces existente.

Dejemos que se forme de nuevo el ciclo. Esta vez con la lección aprendida. Sin querer alterarlo, sin confundirse ni engañarse sobre lo que es y lo que no es. Lo he aprendido. He necesitado pasar por un desequilibrio profundo, por tiempo de ceguera, por un largo camino de dolor agudo, un dolor que solo comprenden aquellos cuya sensibilidad es demasiada para pasar la existencia en un mundo tan brusco. He necesitado todo eso para aprenderlo.

Dejemos a la vida actuar de nuevo, a esas fuerzas desconocidas. Una vez más me buscarás y yo te buscaré. Nos encontraremos y tú dudarás. Tendrás miedo de que mis palabras no se correspondan con mis hechos, miedo a volver hacia atrás. Y yo lo entenderé. Pero no pasará. Y eso, en parte, te sorprenderá y en otra parte te alegrará. Pero esta vez ya no lo haré para sorprenderte ni para alegrarte, si no porque quiero ser yo y dejarte ser tú.

Y entonces volveremos a formar parte de ese ciclo incomprensible e insensible que nos une inevitablemente. Y entonces todas tus palabras actuarán en mi como fuente de inspiración y con las mías ocurrirá lo mismo en tu mente.

Y conseguiremos volver a vivir en esa dimensión que habíamos perdido.

déjame contarte

Déjame contarte la verdad sobre esta serie de mentiras. Lo racional de estos pensamientos irracionales. Lo coherente del conjunto de actos en los que el denominador común es la incoherencia absoluta y profundamente arraigada en las mentes humanas.

Déjame contarte que es verdad esta mañana, pero que ayer fue falso, y quién sabe mañana. Mañana quizás…

Déjame contarte como se ve desde aquí ese mismo sol, la misma luna, como se ve ese cielo azul que hoy ha decidido teñirse de un tono algo grisáceo. Déjame contarte el viaje que he hecho sin dar un paso, lo que ha cambiado, lo mejorado, lo empeorado, la forma de verlo, las diferencias y semejanzas. Prometo dejarte asombrado. Y a la vez, lo de siempre. La misma historia humana.

Déjame contarte que no puedo dejar de pensarlo. Que no puedo dejar de extrañarte en lo abstracto pero no encuentro un sitio para ti en la vida real. Ya sabes. No vales. No valgo. Quizás sea que solo podemos ser diferentes, que vivimos en otra dimensión; algo irreal, algo cierta. Quizás sea lo más verosímil de todo, lo más absurdo e incoherente. Lo más real, lo más profundo. Lo más peligrosamente abismal.

Déjame contarte que nadie comprende mis palabras excepto tú. Que buscando en el desierto no encontré a nadie que me inspire como tú. Con esa manera de dar la vuelta a las historias, a los razonamientos, a los hechos e incluso a los momentos compartidos y vacios. Siempre tan vulgar y a la vez tan sublime. Siempre igual pero no me cansa tu dinamismo.

Déjame contarte lo que me enseñaste tú.

Déjame contarte que hoy vivo con total intensidad. Muy lejos de tu persona pero necesitada de tus palabras para sobrevivir.

Buena Suerte

Un café solo. Un Marlboro. Bébetelo despacio que quema. Y fuma hasta terminarlo. Siempre hasta el final. Hasta la última calada, cuando ya no quede nada, lo tiras. Fúmate las letras también. El café sin azúcar. ¿Un par de hielos? No, gracias. Prefiero dejar las cosas como son, disfrutarlas como están. Café y cigarro. No más.

El cigarro se consume, el café se termina.

Y yo, ya entiendo. Ya lo pillo. Lo comprendo. Y quiero que lo sepas, que lo disfrutes, que te alegres. Por fin lo he conseguido. Por fin comprendo lo que dices. Lo que dijiste. Porque lo has hecho cuando lo hiciste.

Tantos hechos que no comprendía, y al final el tiempo dio la razón a quien la tenía. Y qué bien razonado. Y qué bien comprenderlo. Y qué bien colocarlo, cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa. Y lo que estorbe y no valga, se tira. Y lo que se tire, por favor, con cuidado que se recicla.

Siempre igual pero nunca lo mismo. Diferente. Común. Vulgar y a veces, incluso, absurdo. Y qué bien. Y ¿qué más da? Si hoy soy libre, esta vez de verdad.

He subido a tientas. Sin ver. Me fie de tus palabras, sabía que no mentías. Comprendí que no lo harías, que detrás de tus silencios y palabras se escondía la verdad. Caminé a oscuras durante toda la noche, ahora ha amanecido de nuevo.

Hoy he llegado a la cima, hasta arriba, a lo alto. Hasta donde no es posible subir más. Y una vez allí lo he visto todo. Mejor, diferente, desde otra perspectiva. Mucho más amplia, más sincera y sencilla, más clara, más limpia. Y más bella.

Y te lo cuento, para que lo sepas, para que te alegres. Para que disfrutes conmigo, para que puedas también conocerlo. Para agradecerte haberme guiado por el buen camino. Por no haberte aprovechado de quien no veía lo obvio, de quien negaba lo evidente, de quien quiso hacer del huevo una gallina y de la gallina, huevo. Para quien afirmaba rotundamente de la existencia primera de la gallina, ¿y si fue el huevo? No lo sabes y yo tampoco. No lo sé, y hoy lo reconozco.

Ha pasado poco tiempo. Pero he hecho un viaje muy largo, casi eterno. La ida fue larga. Y después, he vuelto. Siempre más sencillo volver, más corta la vuelta por un camino ya conocido. Aunque aún no familiar.

Nadie más lo entiende. Antes me importaba un poco más, ahora nada. Nada de nada. Yo lo comprendo y me llega. Yo lo entiendo y me basta. Tú me lo has explicado. Lo comprendo. Y me da igual si me toman por loca, si creen que me contradigo, si no entienden lo que hablo o como actúo. Ya lo sabes; todo y nada es lo mismo. Yo siemNegritapre tan radical. Y tú siempre tan ambiguo. Incoherencia y contradicción. Solo así conseguiremos ser auténticos.

El cigarro se consume. El café se terminó. El vaso vacío sobre la mesa y la colilla apagada en el suelo. Toca vivir otro rato, después ya habrá más tiempo para comentarlo, para volver a escribir, para contarlo. Para saber contarlo hay que saber vivirlo primero.

Te dejo, nos veremos en el próximo café y cigarro. La próxima invito yo.

Buena suerte.

Medimos las palabras.

Medimos las palabras. Explicamos lo evidente. Obviamos lu oculto. No sabemos quienes somos. No a donde vamos. Ni de donde venimos. No sabemos ni siquiera el momento en que comenzó esto. Simplemente, lo vivimos. A veces nerviosos, a veces tranquilos. A veces gritando, otras halagando. A veces sufrimos, y otras simplemente reímos.
Qué sincero es el silencio. Cuanto expresa. Cuanto explica. Cuanto aclara. Cómo alivia.Qué tranquila la soledad. Y qué alegría cuando llegan los demás.

No hay prisa aunque el tiempo pase rápido. No hay preguntas con respuesta correcta. No hay palabras, sólo grafías unidas fielmente intentando explicar lo absurdo. Lo de siempre. Solo quedan versos sueltos de un poema incompleto. Sólo existen párrafos sin punto final. Solo un vano intento frustrado por comprenderlo. Por saberlo. Por conocerlo. Por intentar, sin conseguir, quererlo.

Ya no queda nada. Todo se lo ha llevado el viento. Únicamente unas cuantas frases inconexas y pasadas de moda. Antiguas y ligeramente soberbias. Escritas para llenar los momentos vacíos. Diseñadas para ocupar lugares sin dueño.

Solo hay noches donde el sol decide no amanecer. Noches en las que la luna duerme.
No importa. Tranquilo. Esto lo soluciono yo. Tú cierra los ojos y duérmete, cuando despiertes habrá pasado lo peor.

Con lágrimas en los ojos, como un cocodrilo infantil. Con un vacío que lo llena todo. Con una esperanza fuerte en que sea el olvido quien gane la eterna batalla al recuerdo.

Sin conexión entre los momentos. Sin coherencia. Tan absurdo como este texto. ¿Y qué importa si no dice nada cuando ya se ha dicho todo?Hay cosas que no se pueden expresar de otro modo.

el grillo y la hormiga

Ocurrió hace ya mucho tiempo. En un lugar muy lejano al que conocemos.Ocurrió en otra vida, lejana a la que nosotros denominamos Realidad, cercana a la que asignamos el nombre de Imaginación.Ocurrió en un país cercano al de las Maravillas. Allí donde el sol está más próximo y el calor es más húmedo, donde las nubes son azules, el prado verde y las montañas con perpetuas nieves en la cima, allí donde los ríos descienden por la ladera, de forma regular hasta desembocar en un limpio mar donde flota un impecable velero, donde los peces son de colores. Aquel país donde existe la Belleza, la Verdad, el Amor. Donde reina la Perfección.En aquel país tan lejano y inaccesible para ti, tan desconocido y por ello atractivo.

Allí vivía un grillo que lejos de parecerse a Pepito, el amigo fiel de Pinocho, era tranquilo, callado y humilde. También vivía una hormiga, nacida para ser reina.

Ambos compartían hábitat. No les unía nada más. Ella era la reina de su pueblo, él era el cantante nocturno que intentaba rutinariamente impresionar a las hembras que le rodeaban.
Ella era la líder de su población. Él era uno más.

Hacía tiempo que se conocían. Él admiraba su realeza. Ella envidiaba su independencia. Él quería ser rey como ella, ser más y no uno más.Ella quería estar entre los demás y no sufrir la soledad de ser diferente, de la singularidad, de la superioridad.

Caía la tarde. Aquel atardecer volvieron a encontrarse. Una vez más. Y ocurrió como ocurre tantas veces en la naturaleza. Algo sencillo y vulgar, cotidiano y corriente un día cualquiera se hace sublime, se hace diferente. No sabemos el por qué, tampoco el cómo. De pronto lo vemos diferente, especial, aquello con lo que habíamos convivido tanto tiempo sin darle importancia, de pronto, sin razón alguna pasa a ser la piedra angular del edificio de nuestra existencia. Aquel atardecer la hormiga y el grillo se enamoraron.

Pasó el tiempo, cambió el espacio. Desvelaron sus secretos. Compartieron sus sentimientos. Conocieron al extraño. Y continuaron, cada vez más enamorados.

Era una relación distinta, extraña, diferente y complicada.Él era nocturno, ella vivía de día.Ella era reina de sus obreras y soldados. Él cantante de sus hembras. La hormiga nunca fue capaz de escuchar aquel canto. Les separaba un largo tiempo de evolución diferente, les separaba su origen, sus formas y sus vidas.

Ella elegía tranquila a aquel grillo. Era diferente, la diferencia que la comprendía, que la sacaba de aquella aburrida rutina de ser siempre alagada y observada. Él elegía intranquilo a aquella hormiga. Sabía que ella era más de lo que él merecía, sabía que él no podría darle lo que le pertenecía.

Un día de primavera el grillo se fue. Muy lejos. Prometió que volvería y también aseguró que ella le olvidaría.Ella intentó convencerle de que se quedara., pero cuando terminó de hablarle él ya caminaba lejos. Poco después lo vio desaparecer, fundirse con la lejana y delgada línea del horizonte. Ella envió a sus soldados en su búsqueda, se aseguró de que rastrearan toda la zona, cada rincón, cada piedra, cada lugar de aquel país lejano. Él no apareció. Nunca lo encontraron.
Pasó el tiempo y con la edad ella lo comprendió. Comprendió que porque la había querido se había ido. Comprendió que no podía haber sido de otra forma. Comprendió que él supo que si se quedaba le privaría de las riquezas que le pertenecían por ser reina, privándole de un paraíso al que el no había sido invitado, al que ella no podía llevarle.

Comprendió que él se fue para que ella pudiese, libremente, ser quien era.

(…)

Un día lluvioso de junio mi imaginación me contó esta historia. Nunca existió. Nunca existirá. Sin embargo todos la hemos comprendido. Porque alguna vez hemos experimentado algo parecido. Porque todos alguna vez hemos sido grillo y alguna vez hemos sido hormiga.

cosas de dos

Ocurrió muchas veces. No tantas como para decir siempre, no tan pocas como para no poder generalizar. Pero todo terminó cuando te diste la vuelta para marcharte. Cuando cogiste tus cosas y decidiste que ni siquiera merecía la pena despedirse, que poco importaba la dicho, lo vivido, lo aprendido o las cosas que quedaron por hacer. Planes que nunca se llevarán a cabo. Ilusiones que nunca tendrán término. Silencios que permanecerán eternos en la oscuridad de tu despedida.
Te fuiste sin decir adiós. Como se van los viejos amigos a los que no les hace falta la despedida. Como se van los cobardes, sin dar explicación alguna. Como se van los valientes que saben que si miran atrás no se irán jamás. Como se van los egoístas a los que poco les importan los demás.
Tus palabras y los hechos quedaron flotando en un ambiente denso. La libertad me alcanzó en cuanto te diste la vuelta y aunque acompañada de un profundo dolor, luego el dolor desapareció. La libertad que me desató de tus cadenas y hierro fuertes que me hacían sufrir de amor. La libertad me permitió volar de nuevo, volver a ver el sol.
Nunca olvidaré tu caminar lento, mi intento de saber el porque de aquella marcha, que no cuadraba con todo lo vivido anteriormente. Nunca olvidaré tus miradas frías, tu ignorancia como si yo fuese una desconocida. Nunca olvidaré tus pasadas sonrisas, los ánimos compartidos, los cafés, los paseos, las palabras y los silencios, nunca olvidaré los hechos. Nunca olvidaré tu mirada oscura y serena, brillante y nerviosa.
Ya no hay nada que hacer. Ya no hay más que decir. Ya no hay más que pensar. Se acabó.
Me duele tu ausencia pero mi corazón está tranquilo aunque no entiende porque lo has hecho. Está tranquilo porque sabe que dio lo que tenía, que luchó por conservar lo que tú te empeñaste en destruir. Está tranquilo porque no hay odio, ni rencor, ni ningún sentimiento hermano. Está tranquilo porque sabe que se dio.
Está tranquilo porque sabe que así es mejor. Si querías esto ya lo tienes.
Porque siempre es más feliz quien más amó.

revolucionario conformista

Era un revolucionario conformista.
De acuerdo con nada de lo establecido. No se movía para cambiarlo. Intentaba abarcarlo todo olvidando que quien mucho abarca poco aprieta.
Su vida estaba vacía. Intentaba echarle la culpa de aquello a los demás, que exigían demasiado, a la sociedad o a su naturaleza. Pero la razón de todo estaba en su voluntad.
Poco a poco se iba sumiendo en una existencia sin sentido.
Sin notarlo, sin quererlo y sin evitarlo.
Se iba hundiendo en un surco de soledad que él mismo cavaba con la pala del egoísmo. Cada mañana, en cada acto.
De vez en cuando aparecían en su vida personas o situaciones que le hacían salir, por unos instantes, de todo aquello. Luchaban por él de una forma incondicional, sabiendo que no recibirían absolutamente nada a cambio. Cuando le exigían algo, un mínimo, una respuesta ligera y sencilla, entonces se revelaba haciendo sufrir a aquellos que habían apostado por él pero que en ningún momento se habían sentido correspondidos o queridos.
Con miedo al compromiso.
Al final, de una forma vaga y egoísta volvía a su cómoda pero desastrosa soledad, a la soledad de ideas, a la soledad de acciones, siempre excusando su forma de actuar.
Volvía a lo suyo. Procurándose una buena vida a si mismo, sin importarle demasiado la supervivencia o bienestar de los demás.
Su vida carecía de sentido. La soledad y el inconformismo egoísta del que no quiere comprometerse con nada ni nadie se excusaban en su mente de una manera falsa, afirmando que eran los demás los que hacían que no mereciese la pena la existencia, que era la dureza de la vida y de las personas que en ella estaban la que hacían la existencia poco atractiva.
Así vivía. Cuando se dio cuenta de lo que había perdido y de no haber aprovechado la vida lloró amargamente, porque sabía que ya era demasiado tarde.

Cambio

De pronto comenzó todo. Sin previo aviso. Con rapidez, como si ya llevasen tiempo esperando un estímulo señal que marcase el inicio, el momento de salida.

Se desencadenaron los acontecimientos, uno detrás de otro. Sin prisa, sin pausa. Tranquilo pero ágil. Como las fichas de un dominó que tras empujar levemente la primera van cayendo todas, de una manera ordenada y elegante; perfecta y precisa.
Los actos se sucedieron a cierta velocidad. Una palabra, quizás un gesto, una mirada o una sonrisa pudieron ser los causantes de todo aquello. Las causas inmediatas, pues las causas últimas se habían forjado hacía ya tiempo.
Todo suedió como sucede en las carreras de cien metros lisos. En estas, tras el pistoletazo de salida, los corredores abandonan su estado de reposo absoluto para recorren una distancia corta a la máxima velocidad posible. Un paso detrás de otro. Una zancada tras otra. Actuando sin pensar. Concentrando todas las fuerzas en la acción.
De la misma manera que comenzó terminó.De repente. Tras alcanzar la meta. Cuestión de milésimas de segundo. Intenso y fugaz.
Después los dos continuaron con sus vidas. Nadie volvió a mencionar aquello.Aparentemente todo siguió como siempre.
Para ellos todo había cambiado.

sin título

No hay inspiración. No hay palabras. No quedan verbos que conjugar ni frases que formar.
La contradicción se hace ahora más patente, el silencio mucho más húmedo y la soledad es ya como una vieja carga que se ha acostumbrado a llevar siempre encima.
Superación egoísta. Ánimo sin ganas.
Palabras absurdas. Promesas que nunca se cumplen.
Ella sabe que así no es la ley. Lucha para cambiarla. Ella sabe que el mundo es más fuerte, el poder más atractivo y el egoísmo más humano. Aún así continua la lucha.
Uno de los viejos amigos se va. Llegan otros nuevos. Tranquilos, pausados, como si el ritmo llevado siempre fuese el previsto. Así se suceden los acontecimientos, las personas, los momentos y los sentimientos.
Ella dice lo que quiere. Calla lo que piensa. Habla mucho. Sabe que no está diciendo nada.
Sabe que valen muy poco sus palabras. Piensa que su fuerza es nula. Sus esfuerzos inútiles.
Y su valentía es menor que la de aquel que nunca ha necesitado ser valiente.
Ha sufrido en un pasado. Ha remontado. Ha triunfado. Pero sabe que son triunfos pequeños. No tiene sentido seguir aplaudiendo.
Los demás. Los pocos que hay. Los muchos que quedan. Los conocidos. Los desconocidos. Los viejos amigos. Los nuevos contactos. La sonrisa amable. Las palabras. La escucha. El intento de pensar en otros. El intento de ser generoso en un cuerpo que solo busca el egoísmo. La guerra constante. La lucha en el frente. No queda munición. El enemigo ataca. No hay fuerzas. No hay ganas. El enemigo avanza. No vencerá.
De algún lugar recóndito del alma, un lugar desconocido hasta entonces, sale un brillo de esperanza. Fuerza. Como si estuviese pensado ya que hay momentos en los que solo eso nos empuja a seguir adelante. Cuando el enemigo se hace fuerte y el amigo falla. Cuando quien nos ha animado a subir nos deja caer sin alas.
Ahora toca seguir. Adelante. Con fuerza, con ánimo y esperanza. Sacando valentía de los puntos débiles. Sacando sonrisas de una boca que se come lágrimas. Mirando siempre al cielo. Nunca al suelo.
Sabiendo que aquel que le ha ayudado a subir ahora le deja sola con el descenso.
Duda. Ella nunca ha hecho eso con nadie. Sabe lo importante que es el ánimo para aquel que comienza, siempre que venga de alguien con más experiencia.
Le duele. Le desanima. Pero en fondo lo comprende. Una vez más se maldice por comprender tanto a los demás. Por comprender tanto al resto. Por entender. Por saber ponerse en el lugar del otro. Una vez más le gustaría poder comprender y ver menos.

Respira aire de vida. Fuma aire de muerte. Sonríe. Comienza de nuevo, esta vez sin ganas.
No importa. Sabe que vive en un mundo lleno de contradicción. De dolor. De amor.
Sabe que poco importa su estado de ánimo hoy.
Sabe que para conseguir lo que quiere tiene que seguir luchando. Sabe que ha nacido para ello. Esa fuerza le anima a seguir. Pocos saben lo quieren. Ella lo tiene muy claro.

eso basta

Se encontraba entonces en una etapa de transición. Esos momentos claves, dolorosos e importantes que son puntos de inflexión en nuestras vidas. Momentos en lo que pasamos de una etapa a otra, momentos en los que la rutina adquiere mayor dinamismo del habitual.
Así estaba ella.
Se había dado cuenta de unas cuantas cosas, había madurado otras. Comenzaba de nuevo, subiendo, ascendiendo por un camino que llegaba a una meta que se había propuesto hace no mucho tiempo.
La clave estaba en la constancia, lo sabía. Aún así cada mañana parecía infinita la lucha y lejana la victoria.
Pero entonces, cuando menos se lo esperaba, cuando cerraba por fin un capítulo que llevaba tiempo haciéndole sufrir, cuando comenzaba a olvidarse de algunos amores poco brillantes.
Entonces, apareció él.
Sonriente, sencillo, valiente, algo mayor, trabajador, algo tímido. Tranquilo. Con unos ojos azules que parecían cristalinos, como el agua de mar cercana a la costa un día soleado y sin viento de verano.
Él trajo la paz. Como un mensajero venido de lejos, como un poeta fuera de su tierra, como un amante que espera pacientemente impaciente que llegue el momento del encuentro con su amor.
Allí estaba él. Con su porte alto y su cabello claro. Con su uniforme y su elegancia. Una sonrisa y unas palabras. No más. En él, eso basta.

Nada

Nada que escribir. Poco que pensar. Algo por decidir. Mucho por aprender. Toda una vida por vivir.

Hoy me miras. Sonríes. Aciertas. Consuelas.
Yo te miro. No entiendo.

Hace tiempo que he dejado de buscar esperanza en tu mirada. Aún así sonrío. Tú piensas que todo sigue como siempre. Yo sé que hace tiempo que ha cambiado, que ahora es para mi mucho mejor y diferente. Para ti sigue siendo todo igual.
Si supieses que hay detrás de mi mirada te asustaría. Sufrirías.
Cómo explicarlo si no serás capaz de comprenderlo. Cómo decirte que hace tiempo ya no espero nada de tus acciones.
Sigo estando ahí, como siempre. Alegre. Como antes, como cuando me enamoraba tu mirada. Como cuando mi mente congelaba y reproducía en cada instante tu sonrisa. Pero ahora es diferente.

Ya no pienso en tu mirada. Ya no busco tu sonrisa. Ya no quiero tus palabras. No me gusta tu consuelo.
Tantas veces has fallado. Otras tantas has huido cuando te he necesitado. Cuantos días te he llamado sin encontrar respuesta. Cuantas veces he esperado tus palabras que no llegan.

Ahora ya da igual. No te esfuerces. Ya no espero más de ti, ya no quiero que seas nadie. Ya no importa si te vas o si solo piensas en quedarte.
Qué más da ya donde dirijas tus pasos. En tu mente está tu imagen. Asqueado ya de verla te crees que el mundo es culpable. Solamente tú eres culpable.

Hemos estado ahí. Intentando sacarte adelante. Ahora solo queda tu esfuerzo. Tu querer.

Yo me voy. No te asustes. Me marcho. Aunque pienses que sigo aquí me estoy yendo. Aunque no notes mi marcha un día mirarás de nuevo y ya no estaré.
No te preocupes. No te agobies. No sufras.
Si algún día amaneces y ya no estoy no creas que me he ido de repente. Poco a poco me he ido alejando de tus miradas. Poco a poco pero has estado demasiado ocupado para notarlo.

Quizás cuando mi ausencia sea absoluta notes mi falta, a lo mejor ni siquiera en ese momento.
Entonces recordarás estas palabras.

el norte y Madrid

Fuera llueve. Dentro está él. Viendo la lluvia resbalar por los cristales de la ventana de su cuarto. Piensa en ella. Y sabe que a cientos de kilómetros ella piensa en él.
En el norte llueve. Llueve también en Madrid.
Ella mira por la ventana de su habitación. Piensa en él y sabe hay alguien en el norte que piensa en ella también.
Los dos unidos por un destino indeciso. Separados por distancias infinitas que jamás serán recorridas.
Él se levanta, se acerca hasta la mesilla y coge de la cajetilla roja un cigarro Malboro. Abre la ventana y da la primera calada.
Distraído, absorto en sus pensamientos no sé da cuenta de que dos gruesas lágrimas resbalan por sus mejillas. Nota su presencia al cabo de unos segundos. No le extraña ni le inquieta saber que llora por ella.
Ella cansada de intentar estudiar sin éxito se acerca hasta la mesa y coge una cajetilla. Abre la ventana y comienza a fumarse un cigarro. Le gustaría estar con él. Recuerda su última mirada. Ella sabe que es mejor dejar que el tiempo aclare sus jóvenes corazones.
Él llora porque sabe que se equivocó. Intentó correr para conseguir el oro llevando el bronce en una mano. Lo llevaba por si acaso no ganaba la carrera. Por lo menos tendría algún trofeo, aunque fuese menor.
Él sabe que se equivocó, que para luchar por el oro hace falta hacerlo con todas las fuerzas, solo así puede conseguirse.
Ella piensa en él. Entre calada y calada sabe que así no puede ser. Sabe que él tiene que aprender que a dos bandas no se puede estar. Pero también sabe que él la quiere a ella, que por ella dejaría su bronce. Ella sabe que si le asegura la victoria correrá la carrera.
Indecisión. Ambos dudan de que será lo mejor. Quizás deben olvidarse y comenzar de nuevo. A lo mejor no. Quizás es esa fuerza que no puede separarles la que impide que se olviden.
En el norte deja de llover. Él sabe que ha perdido lo que más quería.
En Madrid llueve más fuerte aún. Las gotas golpean con dureza el suelo de asfalto gris. Ella sabe que pocas personas le querrán como él. También sabe que hay cosas que no pueden ser.
De repente, también deja de llover.
Ella cierra su ventana. Coge de nuevo los apuntes y continua estudiando.
Él cierra su ventana. Sale de su cuarto.