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pequeños detalles envueltos en rutina

Beber agua en la taza del Starbucks que robamos aquel día que probé el dulce café moca, que discutimos las ventajas e inconvenientes de aquel local y celebramos el triunfo del partido de aquella tarde.

Mirarnos unos a otros intentando descubrir quien es el más patoso comiéndose una hamburguesa de pollo del Mc Donalds de Cuatro Caminos el mediodía del jueves que decidimos no comer en la facultad.



No conocerte de nada y sin embargo no considerarte un extraño porque tú sabes quien soy yo, y yo sé quien eres tú. Y que eso nos sirva de excusa para escribirnos largas parrafadas intercambiando opiniones distintas sobre la visión antropocétrica del mundo y todas sus consecuencias. Y alegrarnos, ya que no todos los días se encuentra a un desconocido conocido con el que se puede hablar de verdad.



Reirme con mis hermanos recordando momentos divertidos que ninguno hemos podido, ni querido, olvidar. Y saber, mientras nos reimos escandalosamente, que nos unen muchas más cosas de las que nos podemos imaginar. Muchas más de las que nos podrían separar.



Escribir en este cuaderno que me regaló un buen amigo una tarde de febrero. Y encontrarme, en medio de las hojas que hoy lleno de palabras, su letra con frases que me gusta no olvidar.

Escribir aquí.

Releerlo como me aconsejó aquel gallego rubio.

Y después pasarlo al blog y disfrutar leyendo vuestros comentarios.

lápices de colores


Aquel día decidiste comprar lápices de colores. Mientras pagabas tu caja de cartón Carioca revisabas mentalmente los sitios posibles donde podrías encontrar algún sacapuntas de la infancia.

Llegaste a casa. Al ponerte a estudiar por primera vez tras la compra, la rutina era distinta de la habitual, había algo de emoción en ella. No tenías ganas de estudiar, como siempre, pero los lápices rompían la monotonía y el descolorido de tus apuntes. Decidiste animar las hojas para memorizar mejor aquellos complejos conceptos.
Los días fueron pasando, comenzaste a dar uso al viejo sacapuntas. Primero con el amarillo, rojo, azul, verde … También llegó el turno del marrón. Azul marino. Para todos llegó el momento de renovar la punta.
Con el tiempo el tamaño de los lápices se fue reduciendo, hasta llegar a una longitud de no más de seis centímetros. Entonces ya habías olvidado aquel día en el que te paraste en la papelería, el precio de los lápices. Ya te habías examinado de aquel duro examen cuyos apuntes coloreaste tan bien.
Fue en este momento, otra aburrida tarde de estudio, decidiste que lo más productivo en aquel momento era hacer una limpieza de tu estuche. Entonces, de una manera rutinaria cogiste los lápices y sin más vacilaciones los metiste en ese bote, el que tienes encima de tu mesa. En cuyo fondo están los lápices de colores de pequeño tamaño, unos cuantos clips, alguna goma de borrar vieja. Ahí se quedaron durante años los lápices de colores.


Seguramente te has imaginado el bote de encima de tu mesa. Muy posiblemente has encontrado en él, los lápices, la goma, los clips.
Y es que, ¿alguien puede explicarme por qué nuca tiramos los lápices si no vamos a volver a usarlos?

nunca pasa nada.


Un número impar de bocetos que nunca llegarán a ver la luz.
Ellos no lo saben. Y es mejor así.

Momentos tristes que tienen como fundamento una visión algo más desalentadora de las dificultades diarias.
Parece imposible continuar con tantas historias sin final rondando por la cabeza. Todas ellas desorientadas. Corren. Vuelan. Buscan su final. Pero no está. Aún no.
Parece imposible conseguir no sufrir con algunas palabras clavadas en la zona más sensible del corazón.
Parece imposible creer que haya final en un túnel donde nos encontramos desde hace tiempo. Caminando. Aún no se ve ni un atisbo de luz. Salvo el de aquella mirada que parece dispuesta a no separarse de mi lado.


Y esa mirada me lo recuerda. Lo que había olvidado. Y de pronto es cuando otra perspectiva hace su entrada en escena.


Nada como volver a encender la luz para encontrarse. Como cuando uno se despierta y no sabe muy bien donde está.
Nada como darte la mano para tener la seguridad de que no estoy sola. La seguridad de que conseguiremos juntos lo que yo sola jamás hubiese logrado.

Y después comenzamos a reírnos. Eso siempre. Nos reímos de esta situación. Y también de la anterior.
Seguimos riendo. Nos reímos de la tristeza, de la inseguridad, de las dificultades y de las pocas ganas. Y poco a poco todo esto va desapareciendo. Se van lejos.


No sé ni que escribo. También nos reímos de esto. ¿Por qué no?


Al fin seguimos vivos. Y bien. Y juntos. Entonces, tranquilos.

Nos reímos de nuestros propios errores. Y del fracaso de aquel plan tan pensado. Al final nunca sale nada como esperamos. Quizás sea esa la base de la esperanza. Y del dinamismo de los hechos.


Y al final del día nos dormimos. Y soñamos tranquilos.


Porque nunca pasa nada. ¿En serio? En serio.
Vale. Vale.

terriblemente elegante



Me repitió una y mil veces que no pasaba nada. NADA. Y ese nada, lleno de contenido y vacío de explicación, me llevó a verlo TODO desde una perspectiva opuesta. Como pasar de estar tirado en la hierba viendo las estrellas, a volar y descubrir la pequeñez de la tierra.

Sencillamente pequeño. Un cambio absurdo. Y a su vez, terriblemente elegante.


Podría llenar hojas enteras explicando los detalles de los acontecimientos más recientes. Parándome en lo pequeño sin dar importancia al por qué de los hechos. Detalles que explican todo sin dejar dudas en el aire. Detalles pequeños y, la mayoría, secretos.


Hay hechos, en apariencia irrelevantes, que cambian el curso de los acontecimientos. Y de pronto nos encontramos como los protagonistas de “La Carretera”, luchando por la supervivencia en el mismo mundo y, a la vez, en otro universo totalmente opuesto.


Momentos que marcan una existencia relativamente temprana. Podría explicártelo con mil palabras complejas. Y al final encuentro las más sencillas. Simplemente afirmar que aunque la vida nos lleve por lugares opuestos, aunque yo prefiera siempre la costa y tú la capital, jamás olvidaré esos ojos azules y traviesos que brillan con una luz especial.
imagen de: www.fondosgratis.com

conclusión mental nº 13: sobre la libertad



Me gustan esos momentos en los que se aproxima algo deseado. El casi pero aún no. Parece que el sabor del éxito ya puede sentirse, que la próxima libertad es un hecho real.



Pero aún no estamos en el sí. Estamos en el casi.





Esos momentos en los que podría afirmarse que el deseo de esa libertad próxima hace que disfrutemos más de ella, pensando en que falta poco para alcanzarla, que cuando ya la hemos alcanzado.




Momentos en los que después de un largo camino divisamos la tierra de libertad. Y esa visión conjunta de su totalidad es más satisfactoria que el momento en el que ponemos un pie en ella y ya es un hecho presente y real.



"La libertad no tiene su valor en si misma: hay que apreciarla por las cosas que con ella se consiguen." (Ramiro de Maeztu)


fotografía en : http://filosofiauruguaya.ning.com/

calcetines de colores


La tibetana me animó a renovar mi blog.

A los rubios no les favorece el blanco. Siempre están mejor con barba y camisa roja de cuadros.

A veces sonreír resulta más atrevido, y divertido, que hablar.

No hemos olvidado a Carlos Lázaro.

Axiológico no es lo mismo que axioma.

La curiosidad mató al gato. No todos han muerto. Siempre encuentras a gente que le siguen gustando los gatos.

Las apariencias engañan. Las españolas pueden parecer afganas.

No todos los judíos son inteligentes. Y no todos consiguen estudiar en la biblioteca.

Hay hippies que se pasean en monopatín por la biblioteca.

Si tienes dudas sobre el significado de alguna palabra, pregúntaselo a Plaza que seguro que lo sabe.

Las nubes están más ricas quemadas. Y nos recuerdan al algodón de azúcar.

Los descansos son largos. Y las risas escandalosas.

Los San Jacobos se queman.

Ríete siempre. Aunque no sepas ni porque te estás riendo.

Lo mejor de la ropa son siempre los calcetines de colores.

A veces las cosas más grandes resultan así de sencillas. ¿A veces? NO.Siempre.



fotografía en: zaragozame.com

Así de fácil


Me encantaría escribir bien. Poder expresar con total claridad lo que dice mi consciente. E intentar conocer un poco más a mi subconsciente.

También me gustaría cantar bien. Para poder cantar el cumpleaños feliz sin que Gonzalo y María se rían de mí.


Que la mejor madre del mundo no estuviese a 600 km de distancia.


Me encantaría que se cumpliesen todos mis sueños. Menos uno. Menos el último. Y ese tenerlo siempre presente y que al final comprendiese que, aún sin cumplirlo, fui una persona feliz.

Me encantaría no dejar nunca de estar alegre.

Y que aunque ya te hayas ido nunca me olvide de ti.

Me encantaría que me separasen menos kilómetros de las rías gallegas. Y de su gente.

Me encantaría que Zeta y yo llegásemos a conquistar el mundo entero. Fue lo que él se propuso al comenzar el año nuevo. Que de Quito pasemos a Jamaica. De Jamaica a Nueva York. Y después recorramos la India, la China y también London.

Y también seguir aprendiendo siempre. Y creciendo.

Que me diesen una lista de libros que seguro me van a gustar. Y leérmelos. Y subrayarlos. Y releerlos una vez más.

Vivir hasta la vejez. Sin dejar de sonreír.

Y visitar New York al menos una vez.

Me encantaría seguir teniendo buena suerte. Y que no dejasen de pasarme cosas curiosas y graciosas.

Y tener cada día un poco más de fe.

Me encantaría encontrarte y construir juntos algo grande.


fotografía en:(www.tadega.net/Fotos/d/296-1/facil.jpg)

Conclusión mental nº 25: Un poco de nieve. Un poco de sol.


Comienzo del año 2010. La nieve cubre toda la ciudad de Madrid. El paisaje combina el verde de los árboles y el blanco puro de una nieve aún virgen.

Salgo temprano.
Y hoy, después de todo y después de nada, me permito soñar. Viajar en el tiempo y en el espacio. Imaginar. Disfrutar por caminos imaginarios, por situaciones irreales que me permiten avanzar. Me permito soñar sabiendo que es el primer paso para luego edificar, construir y ganar.

La nieve virgen bajo mis pies, cruje mientras la piso. El cuerpo se hunde sobre una capa de nieve aún intacta y fría. Húmeda. Miro atrás y cada una de las pisadas quedan grabadas en la nieve. Dejando constancia de un camino recorrido.

Sigo caminando. El sol aparece tímidamente entre los edificios, aún sin vida, del oeste de la ciudad. Todo está en calma. La nieve blanca quita el protagonismo a los verdes paisajes naturales. O también aumenta la belleza con el cambio tan radical de colores.

Todo está en calma. Y yo también. Disfruto de uno de esos momentos en los que me parece que estoy en absoluta armonía con la naturaleza. Como si todo el planeta tuviese un pulso de respiración unitario. Y lo vivo intensamente. Y doy gracias por tenerlo y también por saber que lo tengo.

La calma me lleva a la paz. Una tranquilidad dinámica y alegre de quien reconoce las señales y sabe que está en el buen camino. Una tranquilidad de quien se abandona a su Suerte sabiendo que, después de lo que ha pasado, lo que pase ahora también pasará por algo.

Y una vez más vuelvo a disfrutar.
A disfrutar de los pequeños detalles que ofrece el dinamismo de los altibajos vitales. A disfrutar de esas pequeñas tonterías que hacen que sonriamos cada día.
Y así, en lo sencillo, seguir viviendo de verdad.

Conclusión mental nº 42: Con lo que me quedo



Sin dudarlo me quedo con los pequeños detalles.

Me quedo con momentos pequeños que han llenado de vida el tiempo. Si tuviera que escoger me quedo con todo lo que recuerdo, con lo que he olvidado, con lo que quiero contarte y con lo que esta vez me he callado.

Me quedo con aquel día lluvioso de diciembre cuando caminando por el paseo marítimo coruñés, mientras el viento azotaba mi cara y el mar rugía de fondo, una madre explicaba a su hijo, con un suave acento coruñés, para que servía un ancla. Y lo hacía con todo el cariño. Y mientras el olor a salitre nos inundaba a todos. Sin saberlo, nos unía.

También me quedo con aquella tarde de junio, con su calor y todo lo que nos reímos. Nos reímos como se ríen las amigas de verdad en tardes con agobios muy intensos y calor sofocante. Como se ríe la gente cuando se encuentra en el límite de la desesperación pasajera, donde siempre hay cabida para lo cómico.

Me quedo con aquellos momentos encerrados en el ascensor. Y las reacciones tan diversos y volátiles de cada uno de los que estábamos dentro.

Me quedo con su marcha. Y el alivió que sentí cuando me liberé de su presión. Y me quedo con su vuelta y la alegría de escuchar de nuevo su voz.

Me quedo con aquella mañana fría de invierno cuando pisé la nieve virgen. Y también con aquella tarde cuando abrimos la pesada puerta negra y el otoño nos recibió con sus hojas en los suelos, con sus atardeceres, con su color. Y supimos disfrutarlo.

También me quedo con ese encuentro inesperado. En el metro.

Y con las amistades que han nacido este año. También con las que conservo y con las que hemos recuperado.

Me quedo con un reencuentro al año. El de diciembre. El de siempre. Y con volver a la ciudad donde nadie es forastero.

Me quedo con el último disco de Pereza. Con los versos que me escribiste y no entendí hasta un año después. Con aquel libro que me prestaron hace un par de semanas y que consiguió enfadarme, alegrarme, hacerme llorar y pensar al mismo tiempo. Me quedo con aquel regalo inesperado. Y con un poco de dinero más para llegar a fin de mes.

Me quedo con la sonrisa y el optimismo de M. Y la mirada de aquel moreno siempre alegre. Con la voz de aquel pitufo. Y las locuras de aquel artista despeinado que siempre lucha por los de lejos.
Y por supuesto con cada uno de nuestros blogs y sus blogueros.

Y me quedo con todo aquello que hoy no te cuento.

La vuelta con todas sus buenas consecuencias


"No quiero necesitarte...porque no puedo tenerte."

Lejos del mar ella soñó con volver a soñar. Imaginó de nuevo una sonrisa tranquila. Imaginó también que volvía a empezar. Y sin darse apenas cuenta, lo hacía. Volvía a la lucha, tras remontar.


Recordaba bien aquella caída. Y el tiempo que permaneció tirada. Cada uno de los rasguños, de las heridas. Lo duro de la retirada. Recordaba bien como se levantó dolorida, como limpió el polvo de sus rodillas y quien le desinfectó las heridas. Y no lo olvidaría jamás. También ocurrió aquello lejos del mar.




Ahora volvía a su tierra salina, al rugir de las olas y a las tempestades del mar. Ahora volvía a esas tierras húmedas donde siempre hay espacio, y hay tiempo, para volver a empezar.


Le atemorizaba el miedo que había sentido recientemente cuando había estado a punto de volver a tropezar, con las misma piedra con distinta forma, en circunstancias semejantes. Y de nuevo lejos del mar. Había sido un miedo frío. Como el que se siente cuando uno descubre un pequeño detalle, clave de un gran crimen.


Volvía a la tierra del mar. En cuanto ponía un pie ahí todo cambiaba. Como si aquel lugar fuese especial y abarcase una dimensión desconocida, aún por descubrir. En aquellas tierras todo era diferente.

No sólo la gente cercana, las formas suaves, las conversaciones tranquilas, el acento gallego, la naturaleza salvaje o el ambiente marinero y elegante.



Sino algo más. Había allí un optimismo innato, impregnado en lo profundo de corazones que luchan durante generaciones contra las adversidades del espacio y del tiempo. Adversidades que les separan largas distancias del resto de poblaciones. Se respiraba en el ambiente esa suavidad climática, consecuencia de la presencia del mar. Una suavidad que estaba dentro de cada uno de los espíritus optimistas que cada mañana luchaban con dignidad.


Ella volvía. Y sabía que allí todo cambiaría. Como el que vuelve a su hogar después de pasar largas temporadas lejos, y sabe que allí, con el cariño y el calor de los suyos los problemas se olvidan. Y si se recuerdan se hace de una manera lejana y vacía, siempre muy optimista. Reduciendo las grandes desgracias a pequeños problemas que no tiene demasiada importancia pensar.


Una vez más volvía con los suyos, y todo lo demás podía esperar. Ahora tocaba disfrutar de verdad.

Somos así

-Dime un tema concreto sobre el que puedo escribir.
-Lo mucho que nos preocupamos por algunas tonterías y lo poco que nos preocupamos por otras cosas de mayor importancia.



La idea está en mi mente. Pero no sé como explicártelo. Escribo. Lo borro. Vuelvo a empezar. Releo tu mensaje. Tu tema. Tu contestación cuando te pedí que me dijeses un tema concreto para escribir. Tengo la idea, pero no sé como contártela.


Quizás debería intentar explicarme explicándote que pienso que lo que nos pasa no está nada mal. Nos preocupamos por las tonterías porque es nuestra manera de vivir. Nos gusta vivir en los pequeños detalles de cada día. Conseguimos intensificar y eternizar instantes que, muchas veces, no duran más que unos segundos. No gusta lo pequeño, lo corriente. Como el 4 convertido en 100. Como la coincidencia con las zetas de mi calle y el número de mi portal. Nos gusta que se confundan nuestros nombres en el Starbucks. Vivimos en lo pequeño. También cuando sufrimos. Hoy es un problema. Y mañana ya no está. Nos preocupamos de esas cosas que sabemos que no tienen importancia. Nos la contamos. Las olvidamos y ya está. Volvemos a disfrutar.


O quizás debería empezar por contarte que, sin ningún orgullo ni vanidad, pienso que es una manera más inteligente de disfrutar. Preocupándonos de lo pequeño, que sabemos que mañana pasará. Que lo olvidaremos para no preocuparnos más. Hoy te lo cuento. Porque lo pienso. Pero mañana ya no hace falta que lo hablemos. Ya pasó. Ya está. Sin ganas de sufrir más, de preocuparnos por cosas que nos preocuparían de verdad.


Quizás sea sólo, y una vez más, que somos así. Que tenemos muchas ganas de disfrutar.

conclusión mental nº 26- "aprendizaje"

¡Hola a todos!
Ayer estuve de cumpleaños y recibí muchísimo.En esta ocasión "especial" quiero compartir con vosotros una de las más importantes lecciones que he aprendido durante este año. Espero que os guste.
¡Un abrazo a cada uno!
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Siempre las mismas piedras en el camino. Y yo, el caminante, buscando la verdad sin desesperación. Como el burro que daba vueltas alrededor de la misma noria pero un día se soltó y nunca volvió. Como el jinete del caballo que enloquece. Como una mente persiguiendo a su corazón.

Las piedras siempre colocadas en el lugar preciso para el tropezón. Y yo, caminante, buscando sin dirección. Y el burro lejos de la noria. Y el jinete cae del caballo que enloqueció. Y la mente acelera la carrera intentando alcanzar al corazón.

Y el camino se vuelve arduo, también para esas piedras que pasan el día al sol. Y la verdad se resiste a que la encuentre yo. Y la noria busca al burro que un día le ayudó. Y el caballo ya non sabe a quien obedeció. El corazón mira hacia atrás y corre sin control.

Las piedras se redondean con la lluvia, adoptando la imagen de una suave erosión. Y yo, caminante, voy tranquila caminando, sabiendo que llegaré aunque no sea hoy. Y el burro relentece su ritmo porque ya se encuentra fuera de peligro. Y el caballo se pregunta el porqué de tanta locura y si merece la pena tanta amargura. Y el corazón mira de nuevo y decelera, para poder ser alcanzado por su mente.

...

Y con el tiempo...

Las piedras erosionadas nos enseñan la naturaleza del camino y su evolución.
Yo, caminante, llego a la meta de esta etapa. Y celebro que encontré el camino y supe la dirección.
El burro disfruta de su libertad lejos de su prisión.
El caballo aprende de sus locuras. Y el jinete comprende un poco más a su animal.
Y, por fin, se juntan mente y corazón. Porque la mente ha sido más rápida. Porque el corazón le esperó.

déjame contarte

Déjame contarte la verdad sobre esta serie de mentiras. Lo racional de estos pensamientos irracionales. Lo coherente del conjunto de actos en los que el denominador común es la incoherencia absoluta y profundamente arraigada en las mentes humanas.

Déjame contarte que es verdad esta mañana, pero que ayer fue falso, y quién sabe mañana. Mañana quizás…

Déjame contarte como se ve desde aquí ese mismo sol, la misma luna, como se ve ese cielo azul que hoy ha decidido teñirse de un tono algo grisáceo. Déjame contarte el viaje que he hecho sin dar un paso, lo que ha cambiado, lo mejorado, lo empeorado, la forma de verlo, las diferencias y semejanzas. Prometo dejarte asombrado. Y a la vez, lo de siempre. La misma historia humana.

Déjame contarte que no puedo dejar de pensarlo. Que no puedo dejar de extrañarte en lo abstracto pero no encuentro un sitio para ti en la vida real. Ya sabes. No vales. No valgo. Quizás sea que solo podemos ser diferentes, que vivimos en otra dimensión; algo irreal, algo cierta. Quizás sea lo más verosímil de todo, lo más absurdo e incoherente. Lo más real, lo más profundo. Lo más peligrosamente abismal.

Déjame contarte que nadie comprende mis palabras excepto tú. Que buscando en el desierto no encontré a nadie que me inspire como tú. Con esa manera de dar la vuelta a las historias, a los razonamientos, a los hechos e incluso a los momentos compartidos y vacios. Siempre tan vulgar y a la vez tan sublime. Siempre igual pero no me cansa tu dinamismo.

Déjame contarte lo que me enseñaste tú.

Déjame contarte que hoy vivo con total intensidad. Muy lejos de tu persona pero necesitada de tus palabras para sobrevivir.

Buena Suerte

Un café solo. Un Marlboro. Bébetelo despacio que quema. Y fuma hasta terminarlo. Siempre hasta el final. Hasta la última calada, cuando ya no quede nada, lo tiras. Fúmate las letras también. El café sin azúcar. ¿Un par de hielos? No, gracias. Prefiero dejar las cosas como son, disfrutarlas como están. Café y cigarro. No más.

El cigarro se consume, el café se termina.

Y yo, ya entiendo. Ya lo pillo. Lo comprendo. Y quiero que lo sepas, que lo disfrutes, que te alegres. Por fin lo he conseguido. Por fin comprendo lo que dices. Lo que dijiste. Porque lo has hecho cuando lo hiciste.

Tantos hechos que no comprendía, y al final el tiempo dio la razón a quien la tenía. Y qué bien razonado. Y qué bien comprenderlo. Y qué bien colocarlo, cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa. Y lo que estorbe y no valga, se tira. Y lo que se tire, por favor, con cuidado que se recicla.

Siempre igual pero nunca lo mismo. Diferente. Común. Vulgar y a veces, incluso, absurdo. Y qué bien. Y ¿qué más da? Si hoy soy libre, esta vez de verdad.

He subido a tientas. Sin ver. Me fie de tus palabras, sabía que no mentías. Comprendí que no lo harías, que detrás de tus silencios y palabras se escondía la verdad. Caminé a oscuras durante toda la noche, ahora ha amanecido de nuevo.

Hoy he llegado a la cima, hasta arriba, a lo alto. Hasta donde no es posible subir más. Y una vez allí lo he visto todo. Mejor, diferente, desde otra perspectiva. Mucho más amplia, más sincera y sencilla, más clara, más limpia. Y más bella.

Y te lo cuento, para que lo sepas, para que te alegres. Para que disfrutes conmigo, para que puedas también conocerlo. Para agradecerte haberme guiado por el buen camino. Por no haberte aprovechado de quien no veía lo obvio, de quien negaba lo evidente, de quien quiso hacer del huevo una gallina y de la gallina, huevo. Para quien afirmaba rotundamente de la existencia primera de la gallina, ¿y si fue el huevo? No lo sabes y yo tampoco. No lo sé, y hoy lo reconozco.

Ha pasado poco tiempo. Pero he hecho un viaje muy largo, casi eterno. La ida fue larga. Y después, he vuelto. Siempre más sencillo volver, más corta la vuelta por un camino ya conocido. Aunque aún no familiar.

Nadie más lo entiende. Antes me importaba un poco más, ahora nada. Nada de nada. Yo lo comprendo y me llega. Yo lo entiendo y me basta. Tú me lo has explicado. Lo comprendo. Y me da igual si me toman por loca, si creen que me contradigo, si no entienden lo que hablo o como actúo. Ya lo sabes; todo y nada es lo mismo. Yo siemNegritapre tan radical. Y tú siempre tan ambiguo. Incoherencia y contradicción. Solo así conseguiremos ser auténticos.

El cigarro se consume. El café se terminó. El vaso vacío sobre la mesa y la colilla apagada en el suelo. Toca vivir otro rato, después ya habrá más tiempo para comentarlo, para volver a escribir, para contarlo. Para saber contarlo hay que saber vivirlo primero.

Te dejo, nos veremos en el próximo café y cigarro. La próxima invito yo.

Buena suerte.

conclusión mental nº6 - la naturaleza del artista

"Belleza es la aspiración del artista y lo que da sentido a mi trabajo: pero no como regodeo estético sino como camino de perfección que nos lleva a verdades humanas más profundas y que, con frecuencia, surge del dolor.
Las personas felices, satisfechas y complacientes con sus vidas nunca han sido grandes artistas."

"El éxito anestesia a las personas, las amuerma. Por eso me interesa mucho más el fracaso, porque desnuda a los seres humanos y hace que aflore su humanidad de un modo más fuerte."

Juan Manuel de Prada (escritor)

sin título!

Solo el perdón libera las almas.

La misma naturaleza. La misma esencia. Los dos son agua.

Ella es como una ola. Él es como una bola de nieve.
La ola estalla de repente, junto a las rocas, de una forma brusca y fuerte. Sonora. Tras el estallido el mar vuelve a estar en calma. Erosiona.
La bola de nieve se va formando poco a poco. Va creciendo mientras desciende por la montaña. Silenciosa. Hasta que llega al valle. Entonces también estalla. Sepultando.
Él sepulta cuando estalla. No es habitual pero es más peligroso. Más silencioso. Mucho más impredecible.
Ella estalla contra las rocas. Produce un gran ruido. Pero luego se calma. Casi al instante. Es predecible el estallido de las olas. Se las ve acercarse. Se las oye.
Él es de lo alto de la montaña. Ella del mar. Él es del frío y ella del calor.
Él blanco. Ella azul.
Nunca se juntan. Cuando lo hacen el mar deshace la nieve convirtiéndola en agua líquida; en mar.
Nunca se juntan. Están en dos puntos muy alejados. Él en lo más alto de la cima. Ella en la costa.
Pero en el fondo, ellos lo saben, son lo mismo. La misma naturaleza. La misma esencia. Los dos son agua.

A y B

A- ¿Sabes qué? Creo que no puedo hacerlo. No puedo dejar de hablarte sólo porque yo lo pase mal. Es una actitud muy egoísta. Y tú, ¿qué?

B- No te preocupes. Haz lo que creas que debas hacer. Mira por ti y por estar tú bien antes que por los demás. Yo estaré aquí para cuando quieras hablar. Como si es un día si, otro no. Lo que tú quieras. Lo que a ti te venga bien. Y déjate de chorradas de egoísmo. Lo que yo valoro es que seas sincera.




Con el tiempo fue B quien se fue.
A intentó ser sincera. De poco valió el esfuerzo.
B se fue sin porque. Sin explicación.

- Idea profunda nº 15 -

"Si quieres cuidar de ti
cuida de los demás
y sonrie o llora
por ese cambio radical del destino."

¿Sabeis una cosa? Me pregunto si no me habré perdido algo. Como alguien que tuviera las compañías equivocadas y descubriera de pronto otra vía al conocer a las adecuadas. (...)

(...)Y sobre todo he experimentado una cosa, un sentimiento nuevo, y al describirlo ahora, estoy tan emocionada; de hecho, he tenido que dejar el boli un momento para llorar.
Pues esto es lo que he sentido: al escuchar a la señora Michel y al verla llorar, pero sobre todo al darme cuenta de hasta que punto le sentaba bien contarme todo eso, a mí, he comprendido algo: he comprendido que yo sufría porque no podía ayudar a nadie a mi alrededor.(...)

(...)Tengo ganas de decir a los demás que me ayuden; después de todo no soy más que una niña que sufre y aunque sea extremadamente inteligente, eso no cambia nada, ¿no? Una niña que sufre y que, en el peor momento, tiene la suerte de conocer a las personas adecuadas. ¿Tengo moralmente derecho a desaprovechar esta oportunidad?
Bah, y yo que sé. Después de todo esta historia es una tragedia. ¡Alégrate, hay personas valerosas! tengo ganas de decirme, pero al final, ¡Qué tristeza!
¡Terminan todas bajo la lluvia! ya no sé muy bien que pensar. Durante un segundo he creido haber encontrado mi vocación; he creido comprender que para cuidar de mi, tenía que cuidar de los demás, o sea, de los que son "cuidables", de los que se pueden salvar, en lugar de carcomerme por dentro porque no puedo salvar a los demás.
Entonces qué, ¿debería hacerme médico de mayor?¿O escritora? Es un poco lo mismo, ¿no?
Pero por cada buen amigo, ¿cuántas personas egoistas hay?

incomprensión

"Lo más incomprensible del mundo es que sea comprensible"
Albert Einstein